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Ni la pandemia ni el estado de sitio frenaron a los pueblos en movimiento

El año previo a la pandemia, fue uno de los más ricos y prometedores protagonizados por los pueblos en movimiento en América Latina

El año previo a la pandemia, fue uno de los más ricos y prometedores protagonizados por los pueblos en movimiento en América Latina. Son bien conocidos los grandes hechos, como el levantamiento indígena y popular en Ecuador en octubre, el estallido en Chile desde noviembre, la oleada de movilizaciones en Colombia como no se conocían desde hacía mucho tiempo, además del protagonismo popular en Haití y Nicaragua, precedidos por las Jornadas de Junio de 2013 en Brasil y las de diciembre de 2017 en Argentina.

En agosto de 2019 el zapatismo anunció su tercera expansión. Pese a que las comunidades, municipios autónomos y juntas de buen gobierno están rodeadas por la mitad del ejército mexicano, las bases de apoyo zapatistas han conseguido romper el cerco ampliando sus territorios y multiplicando espacios de resistencia. En un comunicado librado el 17 de agosto y firmado por el subcomandante Moisés, indígena convertido en vocero del movimiento, anuncia la creación de siete nuevos caracoles y cuatro municipios autónomos, que se denominan en adelante “centros de resistencia autónoma y rebeldía zapatista”.

Lo más importante es que varios de esos centros se encuentran más allá de la zona de control tradicional del zapatismo, mientras otros son linderos y refuerzan la presencia que tienen en la región histórica desde el alzamiento de 1994, cuando recuperaron cientos de miles de hectáreas de los grandes terratenientes. Ahora ya suman 43 centros zapatistas.

Entre las acciones menos visibles pero no menos profundas, quisiera destacar que en 2019 se creó la Guardia Indígena Comunitaria “Whasek” Wichi en el Impenetrable, en el Chaco, Argentina. Desde 2015 funciona el Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampis, en el norte del Perú, que abarca 22 comunidades y más de un millón de hectáreas con 15 mil habitantes. El mismo camino comienzan a recorrer otros tres pueblos amazónicos.

La lucha de los tupinambá del sur de Bahía (Brasil), les permitió recuperar 22 haciendas y miles de hectáreas, pese a la represión y las torturas a sus dirigentes (Fernandes, 2013). El pueblo mapuche en el sur de Chile ha recuperado 500 mil hectáreas por acción directa desde la década de 1990, cuando se restauró la democracia para arrinconarlos con la aplicación de la ley antiterrorista heredada de la dictadura de Pinochet, pero luego aplicada igualmente por gobiernos progresistas y conservadores (Zibechi, 2020a).

A estas experiencias podemos sumar cientos y quizá miles de comunidades autogestionadas en toda América Latina. Los estudios más afinados muestran que aproximadamente la mitad del territorio latinoamericano está en disputa entre el capital transnacional y los pueblos, como enseñan los trabajos del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica. Una verdadera guerra por la tierra y el territorio que atraviesa cinco siglos y se ha intensificado en las últimas décadas al calor de la acumulación por desposesión.

Lo cierto es que a fines de 2019 los pueblos estaban a la ofensiva, en toda la región En primer lugar, es necesario destacar el nuevo papel de las mujeres y, muy en particular, de las mujeres de los sectores populares, mestizas, negras, pobres. En segundo lugar, es notable el crecimiento del activismo popular, rural y urbano, campesino, negro, indígena y de las periferias urbanas.

Desde que la pandemia de coronavirus impuso un corte a los procesos y a los movimientos latinoamericanos, éstos continúan por otros canales, de otros modos y maneras de actuar. Quisiera abordar brevemente las cinco características más destacadas que observo en la acción colectiva entre marzo y mayo, luego de intercambiar con movimientos de casi todos los países sudamericanos, de México y El Salvador.

El primer aspecto es que se produce un viraje hacia adentro. Quizá el movimiento que mejor lo exprese sea el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), con su lema de Una Minga hacia Adentro. Mientras la Guardia Indígena efectúa el control territorial, cerrando el paso a las personas y vehículos no autorizados por los cabildos, la minga hacia adentro coloca en primer plano la medicina tradicional y la armonización de las personas en el territorio.

Las emisoras indígenas se han vuelto estratégicas y claves de este proceso, ya que siguen las instrucciones de las autoridades territoriales. La ritualidad indígena permite enfrentar la pandemia al combinar los cuidados con sus plantas medicinales y armonizar a las personas con la tierra y el territorio. Se acude a los lugares sagrados, las lagunas y los páramos para revitalizar los sahumerios, recoger las plantas ceremoniales y hacer los fogones en las comunidades.

A la vez, se trabaja para fortalecer la comunidad, las autoridades propias y las asambleas, entendiendo que el cuidado de la salud  en los pueblos originarios tiene un fuerte carácter colectivo, no individual como en las ciudades. Caminos similares a los del CRIC se pueden constatar entre las bases de apoyo del EZLN en Chiapas, entre pueblos amazónicos como el Gobierno Autónomo de la Nación Wampis, entre muchos otros.

En las ciudades se funciona de forma diferente, anteponiendo el barrio a la vivienda familiar. En particular en las villas de Buenos Aires y en las favelas de Rio de Janeiro, la consiga de “Quédate en casa” no puede funcionar, por la precariedad y el hacinamiento, y porque los sectores populares sobreviven en base a la venta ambulante y otras formas de informalidad o economía popular, algo que no pueden hacer si permanecen encerrados en sus casas. Por eso se impuso la propuesta de “Quédate en el barrio”, haciendo del espacio colectivo el centro de la sociabilidad popular.

La segunda tendencia de los movimientos es la profundización de la autonomía alimentaria. En todas las experiencias registradas, se constata un retorno a la tierra, un intento por construir huertas colectivas autogestionadas de carácter orgánico, en particular en las periferias urbanas. Puede decirse que constituye, a la vez, un intento por superar las consecuencias económicas de la pandemia, pero también un deseo de hacerlo en colectivo, rompiendo el asilamiento individual-familiar impuesto por el Estado.

Aún es pronto para saber si estas iniciativas perdurarán más allá de la emergencia, pero parecen formar parte de un deseo de amplios sectores por abandonar la gran ciudad para “vivir mejor”, como están haciendo con miles de migrantes andinos en Lima (Zibechi, 2020c). Algunos movimientos –como zapatistas y nasa- recomiendan a sus bases no sólo la intensificación de la producción de alimentos, sino también la diversificación, como forma de asegurar mínimos niveles de autonomía.

La tercera es la creciente territorialización de las resistencias. Lo más novedoso, es la aparición de una multiplicidad de iniciativas urbanas, como las 200 asambleas territoriales formadas al calor del estallido en Chile. Durante la pandemia y el estado de sitio, unas cuantas asambleas optaron por poner en pie redes de abastecimiento por fuera del mercado, contactando directamente con los productores. Más sintomático aún, es la formación ya antes de la pandemia pero profundizada ahora, de una red de abastecimiento feminista, con lo que puede decirse que el movimiento de mujeres también tiende, lentamente, hacia el arraigo territorial. En las periferias urbanas, como sucede en Temuco (Chile) y en Montevideo (Uruguay), miles de personas ocuparon tierras para construir viviendas, en lo que supone un desafío frontal a la propiedad privada y al Estado.

Los movimientos indígenas son los que con mayor vigor encararon la delimitación y defensa de sus territorios. El EZLN en sus 43 espacios en Chiapas, cerró los caracoles dejando a las comunidades el manejo de las decisiones concretas. La Guardia Indígena del Cauca, por su parte, controla setenta puntos de entrada y salida de sus territorios con alrededor de siete mil guardias que se rotan en la tarea. Muchos campesinos bloquearon en toda América Latina el ingreso y salida de sus pueblos, para asegurarse que el virus no ingresa en las comunidades.

El cuarto aspecto a destacar es la profundización de los vínculos abajo-abajo. El apoyo de los sindicatos uruguayos a las ollas populares en los barrios periféricos, las donaciones de alimentos de productores rurales a los pobladores urbanos, son apenas una muestra de cómo durante la pandemia se están estrechando vínculos entre pobres rurales y urbanos. Quizá la acción más llamativa, por la explicitación de la solidaridad, sea la de los Bañados de Asunción. Decenas de ollas populares funcionan bajo el lema “El Estado no nos cuida. Los pobres nos cuidamos entre pobres”, en un amplio trabajo solidario que conecta estudiantes y profesionales con pobladores organizados que viven en la mayor pobreza.

Por último, se puede constatar el retorno y la potenciación de prácticas ancestrales por fuera del mercado capitalista. Entre las poblaciones campesinas e indígenas de Bolivia, Colombia y México, se constata la generalización de prácticas de trueque. Se realizan ferias de trueque en puntos y días previamente acordados, sin moneda, pero no se intercambian equivalencias sino que cada quien lo hace en base a la necesidad. Estamos ante prácticas que se realizan desde hace mucho tiempo, pero que en medio de la emergencia sanitaria cobran un doble sentido de resistencia colectiva y de alternativa al capitalismo.

Raul Zibechi